Agosto de 1972.
A sus 42 años, Reinald Wood salió de la cárcel después de un mes, por falta de evidencia. Pero por supuesto, el pago de los abogados, lo dejó casi en la ruina. Durante casi tres semanas se hundió en la bebida y el cigarro en la comodidad de su hogar.
Una noche, que él recordaría por toda su eternidad, era viernes, eso también lo recordaba, tocaron a su puerta pasadas las doce. Por supuesto, Henry salió de su pequeña habitación junto a la cocina y abrió.
Lo buscan, señor Wood.
¿Te falla la vista? ¿Ya viste la hora?De la puerta se escuchó una voz.
Sé qué hora es, señor Wood, y créame cuando le digo que no me falla la vista. Pero debo insistir en entrevistarme con usted en este momento.Reinald se levantó de su silla y se acerco al salón para ver hacia la puerta. Un hombre alto, esbelto y de cabello negro que iba muy bien vestido estaba parado en la puerta mirando hacia adentro. Un escalofrío recorrió a Reinald por toda la espalda.
Si... pase por favor. Tome asiento, saldré en un segundo.Abogados -pensó Reinald-. Los malditos del buró vinieron a llevarse hasta los muebles. Se cambio la camisa por una limpia y luego salió al salón con aquel extraño. Henry le estaba sirviendo una copa de vino al señor y le acercaba una caja grande con puros. Cuando el extraño los desechó, Henry dejó la habitación.
Y bien ¿Qué es tan urgente que no podía esperar hasta mañana?El extraño se levantó de su lugar y se acercó a Reinald.
He de decir, señor Wood, que las medidas que estoy a punto de tomar no me agradan en absoluto. Si usted es quién dicen que es, lo que me han enviado a hacer no solucionará de ninguna manera el problema. Pero esa es mi opinión, claro. Las órdenes vienen de lo más alto de nuestro mundo, señor Wood.Reinald lo miraba extasiado. El traje del extraño era magnífico, de lo más caro del mercado. La manera en la que tomaba el vino era exquisita, como si aquel hombre no lo disfrutara en absoluto pero aún así, supiera que se estaba bebiendo uno de los vinos más caros de todo Paris. Era un refinamiento que parecía llevar siglos en práctica. El extraño parecía esperar una respuesta.
Señor, no lo conozco, no sé quién es y por supuesto no tengo la menor idea de qué habla.El extraño se acercó aún más a Reinald. Lo tomó de un hombro, como un amigo toma al amigo que llora.
Señor Wood, mi nombre es John Zetsky. A partir de hoy, señor Wood, seré como su padre, ahora que usted será como un bebé, mi bebé.
Reinald tan solo vio a John moverse rápidamente, antes de que pudiera hacer algo, John ya lo había mordido en el cuello.
Por supuesto, si Reinald hubiese sabido antes de eso, que esa mañana sería la última ves que vería el amanecer, o esa tarde, el atardecer, los hubiera contemplado con toda atención; en lugar de tumbarse a beber de sol a sol. Eso sería algo que se lamentaría por todo el resto de su eternidad.
Publicado originalmente en Puerto al Olvido. Sujeto a las licencias de The Holy Crown Foundation. ESTO NO ES UNA NOTA DE FACEBOOK.



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