El Cuento del Montañés
Se decía con frecuencia entre los habitantes de mi pueblo natal, que el señor que vivía en la montaña, se había vuelto loco desde la infancia o incluso se atrevían a decir que había perdido la cordura antes de ser concebido. Contaba la historia que siendo todavía un niño, su padre fue llevado como soldado a Marut, su madre pronto se quedo sin dinero y se vendió como esclava a las granjas de la ciudad; dejando a su pequeño hijo a su merced a mitad del bosque, y que cuando creció, él mismo construyo la gran casona de madera en la que vivía. Cuentan otros muchos que su madre nació esclava pero que le gano un juego de azar a su dueño y este no tuvo más remedio que prometer que su hijo seria libre. Aquellos más ancianos, y los más ignorantes, decía mi padre; contaban que el hombre había sido en realidad heredero al trono de la gran ciudad, pero que como se ha dicho antes nacido loco; el rey lo rechazo y envió lejos para que nunca estropeara sus planes. Lo cierto es que el extraño hombre era callado y cascarrabias, no soportaba a los perrillos de la plazucha y odiaba el chillar de los bebes. Era también cierto que bajaba todos los lunes a la primera hora de la mañana al pozo del pueblo, que cargaba sus dos grandes cubetas de madera y que no se le volvía a ver en toda la semana otra vez. Aquellas historias que contaban las madres para evitar que sus hijos se adentraran en la montaña habían hecho al pobre señor, alguien ya anciano, una mala fama de la que nunca se podría escapar. Los niños le temían, las madres lo miraban feo,
los padres le escupían al suelo junto a sus pies; el señor nunca se quejaba ni hacia gesto alguno de importancia, sin duda algo que enseñaba que las historias acerca de él eran por mucho mentira. ¿Y a quién acudir para denunciar tal desprecio hacia un pobre anciano?
Decia mi padre, cuando aún vivía, que maltratarlo no serviría de nada si es que las historias eran ciertas. Si aquel anciano podía en verdad crear fuego de la nada, tenerlo de enemigo no sería algo sabio. Si aquel anciano podía escupir plagas de insectos a tus cosechas, seria de poca inteligencia escupirle. Eramos nosotros en aquel tiempo, de las pocas familias del pueblo que no lo molestaban ¿Y entonces por qué lo hacia la gente? Mi madre decía que la gente lo culpaba por las malas cosechas o por la desatención del régimen hacia nosotros. Lo cierto es que cuando yo lo conocí, ni siquiera pude reconocerlo por su agradable forma de tratarnos a mi primo y a mí.
Lo conocimos cuando llegamos a Kalimá, con mi madre, mi tía y mi primo. Entre los viajeros se decía que Kalimá era el puerto al olvido, pues aquellos que se despedían sobre sus doradas arenas nunca regresaban y se perdían en los recuerdos de aquellos a quienes dejaban atrás. ¿Quieren saber lo que me encontré en ese lugar? Desesperación y sufrimiento, de miles de esclavos trabajando para los grandes barcos, de miles de niños sin padre, de miles de esposas sin marido. Un lugar en donde el llanto claramente es parte de la vida cotidiana.
El olor a pescado entre los muelles, la constante brisa que te golpea en la cara y te libera del insoportable calor, las literas que van y vienen con gente de la realeza, los capataces golpeando a los esclavos, Kalimá es un lugar al que jamás llevare a mis hijos, Kalimá es un lugar que muestra el horror que nos llego de la cultura del sur.
Caminando por uno de los muelles más grandes, encontramos pues un vendedor de pescado con el que mi madre rápidamente hizo trato, el precio parecía razonable y el pescado claramente fresco. Recuerdo bien que aquel anciano nos miraba fijamente desde uno de los amarres de un gran barco repleto de tesoros, recuerdo bien que sus ojos azules y su cabello canoso agitado por el apresurado viento vespertino atrajeron rápidamente toda mi atención hacia él. La caravana con la que veníamos avanzaba rápido, mi primo y yo traíamos cargando toda la carga de pescado, nos quedamos atrás rápidamente y nos perdimos en el bosque cerca de Casama, claramente hubiéramos muerto ahí de no ser porque aquel hombre talentoso con las manos, gran herrero y impresionante amigo nos encontró por la madrugada, con su voz ronca y su tono severo nos invito a seguirlo.
Así lo hicimos, llegada la mañana estábamos en su casa, aquella cabaña gigantesca hecha con los leños recogidos por toda una generación de familia, ventanas perfectamente limpias, un pequeño pozo a un lado de la casa adornado con flores y enredaderas decoraba la fachada de la casa más hermosa jamás vista por mis ojos, la casa en la que hoy mi familia comparte risas y comida por las noches. Aquel anciano tullido por el tiempo claramente cojeaba de la pierna izquierda, sepa el destino por qué. Invitados mi primo y yo a pasar, hemos de confesar que pocas veces en esta vida se nos ha bendecido con una estancia tan cálida, un desayuno tan bien preparado, tan sabroso, una taza de café caliente al fuego de un agradable hogar construido y cuidado hasta el más mínimo detalle.
Enterada mi madre de mi paradero, avisó a mi padre entendiendo de manera incorrecta la razón de nuestro lugar de descanso, encolerizado mi padre se presento a la puerta de la cabaña, exigiendo al anciano liberar a sus rehenes, contestando el anciano que podía llevarse mi padre a los rehenes tan pronto terminaran su desayuno. Apenado mi padre se disculpo con el viejo y le ofreció invitarlo a cenar, se por la mirada que vi en mi amigo ese día, que pensaba rehusarse hasta que mi padre le dijo que prepararía un platillo exquisito en su honor por habernos salvado.
Se presentó entonces aquel hombre la noche acordada en el umbral de mi antiguo hogar, presentándose para cenar un delicioso cerdo asado con frutas del bosque, deliciosa cena fue lo que siempre aquel compañero me decía cuando recordábamos ese encuentro.
Pasando los meses sin más contratiempo, incluso los años pasando rápidamente, me hice hombre y mi padre murió un verano, se fue sin discutir y sin miedo o vergüenza, diciéndome pues que el valor de mis acciones determinarían mi futuro, poniéndome de ejemplo aquel anciano al que todos escupían algún día y que para ese entonces tanto me había enseñado. Pasaron más años hasta que crecí suficiente para preguntarme por qué el anciano no envejecía aun más con el paso del tiempo, ciñéndose la duda entre los pueblerinos una vez más, historias recorrían el lugar sobre los hechizos y brujería que haría el señor con las cubetas y el agua por la que bajaba cada cierto tiempo. ¿Por qué bajaba por agua al pueblo teniendo un pozo junto a su casa? Algo que jamás tuve el valor de preguntarle, algo que jamás comentamos en aquellas charlas de noches enteras en las que me enseñaba sobre la vida, la filosofía, matemática, historia, geografía; noches en las que escribíamos cuentos enteros, o me enseñaba mapas grandiosos sobre la composición del mundo conocido.
Algunas veces se iba de viaje por meses y no volvía, fue en uno de esos viajes que conocí a mi esposa y que nos casamos, hubiera querido ver a mi amigo en mi boda, pero el claramente me decía que probablemente un día ya no volvería y que yo no podría saberlo. Haciendo caso a sus consejos, me case con la mujer a la que aún amo un verano caluroso, recuerdo entonces que llego el otoño y que aun no tenía yo ninguna clase de noticia acerca de mi amigo, me empecé a preocupar realmente sobre su paradero cuando en invierno regreso el viajero, mas tullido y cansado pero entero. Fue exactamente ese día el que me atreví a preguntarle de donde venia, su verdadera historia, la de su familia.
El anciano me miro con su mirada típica hacia mí, recordándome entonces que ni el recordaba su nombre o como es que llego aquí, ese día dormí en la estancia de su casa, recuerdo al día siguiente que me confesó que en realidad no le molestaban los perros, o el llanto de los bebes, pero que mantener la apariencia de un viejo cascarrabias hacia que la gente lo dejara en paz. Esa tarde, recuerdo el sobresalto al ver la cara de mi anciano amigo, se había vuelto pálido y sus cabellos habían crecido en una sola noche, aquel hombre se preocupo tanto o más que yo, me pidió entonces que bajara al pozo por agua y se la trajera lo antes posible, seguí sus ordenes como siempre y le lleve lo que me pidió, recuerdo entonces que al día siguiente mi amigo se había curado.
Pero no falto mucho hasta que vino lo inesperado, una mañana común y corriente de primavera, subía la montaña camino a casa de mi amigo, esta vez los venados y osos se habían retirado del bosque, no sé porque pero me helo la sangre tanto silencio en la montaña, me pose entonces frente a su puerta, cuando por la puerta del jardín alcancé a ver a un hombre alto y delgado de cabellos azules. Entré entonces sin tocar a la casa de mi amigo y lo encontré aun dormido, se levanto sobresaltado, balbuceando acerca de un sueño, había un pequeño ruiseñor en la ventana esa mañana, volaba y quería entrar a la cabaña, el viejo lo dejo pasar y el pequeño pajarillo se le poso en el hombro, silbidos que resonaban por toda la habitación. Fue entonces que mi amigo se alisto para uno más de sus viajes, un viaje del que nunca regreso.
Mi esposa dice que ha muerto, han pasado 25 años desde que mi amigo partió, tengo 2 hijos que ahora me mantienen pues el anciano ahora soy yo, he de confesar que lo extraño, que extraño la habilidad con la que encendía el fuego. Fue apenas 2 años después de que partió, que encontré en mi puerta una carta con su letra, me dejaba todo, su casa, sus pertenencias, todo, se despedía de mí y me deseaba buena suerte. El conocimiento que él me dejo, se lo paso yo a mis hijos en la cantidad que me es posible, el cariño de amigo que se ausento a su partida, creo que jamás lo he de encontrar, pero sé que en algún lugar de este vasto mundo que él me enseño, esté caminando por los valles de algún rio, o por los caminos entre alguna de las grandes cadenas montañosas, tal vez en la capital de alguno de los grandes reinos libres del norte, el extraño montañés que todo el pueblo odiaba y que hoy claramente se han olvidado de él.
23 jun 2009
El Cuento del Montañés.
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